Esa tarde tenia un cielo muy característico. Una especie de sensación, mezclándose con presentimientos dudosos se traspapelaban en mi mente al ver tales escalas de grises y naranjas en la infinidad de las alturas.
El vidrio de la habitación estaba empapado, las gotas de lluvia dibujaban formas y siluetas en el suelo. Si, podía verlas. Eran letras. Letras que párrafo a párrafo me invitaban desenfrenadamente a hacer eso que tantas ganas tenía. Vaya ironía, que el mismísimo firmamento rogara con el fin de los días de una memoria frustrada.
Mas lo pensaba, menos lo dudaba. Me reía de la paranoica idea de saber que tenia el fin de mi vida rondando entre mis dedos y vacilando frente a mi transpiración y a un reloj burlón que retozaba con mis nervios. Él nunca se atrevió a mentirme, siempre que lo mire con expresiones serias confeso en su rostro la puntualidad con exactitud. Pero aquella tarde, enmudeció con un gran 7 en su rostro y se reía a carcajadas ante mi rostro. Hacia que los segundos fuesen minutos y que los minutos aparenten horas. Estaba ansioso por borrar mi conciencia de una vez por todas.
¿Cuál es tu problema? ¿Qué es lo que tanto miedo te da? ¿El frió del gatillo finalizo por congelarte las articulaciones talvez? No, era otra cosa. Solo era una voz fina que hacia su aparición con un vaivén en mis oídos. Esta provenía de mi escritorio, se trataba de su foto. ¿Una foto te esta murmurando cosas ahora? estas totalmente loco.
No, ya habría escuchado ese sonido antes... si, después de nuestra ultima discusión. Ese sonido agudo que se alejaba con un eco extenso. Pero esta vez era diferente, no se alejaba sino que se acercaba. Solo estaba a varios metros de mí, podía escucharlo...
No tardastes mucho en girar el picaporte y correr hacia mi y abrazarme, pero esos segundos en mi mente se cobraron un siglo de mi vida. Y en esos siglos que pasaron en mi mente, fueron los que me salvaron de acabar con todo. No solo con mi vida, sino con mi objetivo en la misma...
M. Shinoda