"....Desde el punto de vista del médico o del acojonado profesional, ciertos
placeres nos hacen daño y suponen un peligro, aunque para quienes tenemos una
perspectiva menos clínica sigan siendo muy respetables y considerables. Sin embargo,
permíteme que desconfíe de todos los placeres cuyo principal encanto parezca ser el
«daño» y el «peligro» que proporcionan. Una cosa es que te «mueras de gusto» y
otra bastante distinta que el gusto consista en morirse... o al menos en ponerse «a
morir». Cuando un placer te mata, o está siempre —para darte gusto— a punto de
matarte o va matando en ti lo que en tu vida hay de humano (lo que hace tu existencia
ricamente compleja y te permite ponerte en el lugar de los otros)... es un castigo
disfrazado de placer, una vil trampa de nuestra enemiga la muerte. La ética consiste en
apostar a favor de que la vida vale la pena, ya que hasta las penas de la vida valen la
pena. Y valen la pena porque es a través de ellas como podemos alcanzar los placeres
de la vida, siempre contiguos —es el destino— a los dolores. De modo que si me das
a elegir obligadamente entre las penas de la vida y los placeres de la muerte elijo sin
dudar las primeras... ¡precisamente porque lo que me gusta es disfrutar y no perecer!
No quiero placeres que me permitan huir de la vida, sino que me la hagan más
intensamente grata..."
"...Se trata de una habilidad fundamental del hombre libre pero hoy no está
muy de moda: se la quiere substituir por la abstinencia radical o por la prohibición
policíaca. Antes que intentar usar bien algo de lo que se puede usar mal (es decir,
abusar), los que han nacido para robots prefieren renunciar por completo a ello y, si es posible que se lo prohíban desde fuera, para que así su voluntad tenga que hacer menos ejercicio. Desconfían de todo lo que les gusta; o, aún peor, creen que les gusta
todo aquello de lo que desconfían. «¡Que no me dejen entrar en un bingo, porque me
lo jugaré todo! ¡Que no me consientan probar un porro, porque me convertiré en un
esclavo babeante de la droga!», etc. Son como esa gente que compra una máquina que
les da masajes en la barriga para no tener que hacer flexiones con su propio esfuerzo.
Y claro, cuanto más se privan a la fuerza de las cosas, más locamente les apetecen, más
se entregan a ellas con mala conciencia, dominados por el más triste de todos los
placeres: el placer de sentirse culpables. Desengáñate: cuando a uno le gusta sentirse
«culpable», cuando uno cree que un placer es más placer auténtico si resulta en cierto
modo «criminal», lo que se está pidiendo a gritos es castigo... El mundo está lleno de
supuestos «rebeldes» que lo único que desean en el fondo es que les castiguen por
ser libres, que algún poder superior de este mundo o de otro les impida quedarse a
solas con sus tentaciones..."
"el placer
es estupendo y deseable cuando sabemos ponerlo al servicio de la alegría, pero no
cuando la enturbia o la compromete."
Fernando Savater - Ética para amador